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Ya tengo tu regalo de Navidad. No reserves nada para Fin de Año.

Ya tengo tu regalo de Navidad. No reserves nada para Fin de Año.

Así le anunciaba por Skype a Blanca nuestro próximo viaje sorpresa. Apenas nos vemos cada dos o tres meses, pues vivimos en países –y husos horarios- diferentes, y quería aprovechar al máximo su próxima estancia.

Estaba seguro de que le iba a hacer ilusión. Ella es una gran ciclista, y desde nuestra ruta por el Moncayo hace unos años se ha aficionado a viajar en bicicleta con alforjas, que ahora apenas puede practicar.

Mi plan era viajar en bicicleta con alforjas, pero por todo lo alto. Buenos hoteles y buenos restaurantes. Y con un toque snob: En las alforjas llevaríamos los trajes de noche para la fiesta de fin de año.

Así, con un par. De zapatos.

Así pues, nada de sacos de dormir ni hornillos, que íbamos con todo organizado. Pedaleando, eso sí.

No las tenía todas conmigo, pues había elegido una de las zonas más frías (Y más bonitas) de España – El Maestrat-, en el momento del año en que los días eran más cortos. Salimos la víspera en coche con tiempo suficiente para comer en Mora de Rubielos y visitar su castillo, que yo ya conocía y quería mostrarle. Es una visita muy recomendable si te gusta la historia medieval. Luego fuimos con el coche a dormir a Linares de Mora, donde nos encontramos con una cocina magnífica.

El clima tuvo piedad y nos respetó todo el viaje. Algo de fresco en las mañanas (Y alguna fuente congelada), pero en las subidas al sol acabaríamos de corto y con buenos colores de cara. ¡Que no nos de miedo viajar en bicicleta con alforjas en esa época del año!

viajar en bicicleta con alforjas

El primer día consistía en llegar a Forcall desde Linares. En Valdelinares decidí acortar por arriba del pueblo, con lo que acabamos empujando las bicis sobre la nieve y evitando el barro en lo posible. Mala decisión en un viaje de alta alcurnia que no debería repetirse. De allí a Fortanete, Cantavieja y la inevitable visita a Mirambell. Nos entretuvimos tanto en los pueblos, que la llegada a Forcall la hicimos de noche, apretando el paso, y con las luces de posición bien encendidas. En Forcall nos esperaba el una habitación en planta baja muy amplia, pues estaba diseñada para personas en sillas de rueda, donde nos permitieron meter las bicicletas. Nos trataron de maravilla. Cenamos allí mismo, como siempre con muy buen vino, para resarcirnos de la ruta y del susto de llegar ya de noche por la carretera.

El segundo día salimos de Forcall por una pista forestal con la hierba congelada, pero sin frío que molestase. Era comprar boletos para más barro, pero la verdad es que preferimos el riesgo menor frente a compartir ruta con los coches: Íbamos en dirección Este, y con el sol de la mañana dándoles en la cara a los del volante. Llevábamos luces potentes, pero mejor no jugar a esa lotería. Llegamos al pie de Morella, y viéndola imponente allá arriba decidimos subir a visitarla (Blanca no la conocía tampoco)… Ya que era principio de etapa, estábamos frescos, ¡Y el vino de la noche no había hecho tantos estragos!

La verdad es que la llegada en bici a Morella es impresionante, subiendo el puerto, entrando por las puertas de sus murallas… Decidimos subir al castillo y visitarlo, atando las bicis a la puerta. Vale la pena dedicar unas horas a la historia de esta ciudad tantas veces tomada y retomada en las guerras carlistas.

De Morella bajamos para enseguida subir el puerto a Cinctorres, bien bonito sobre todo al principio. En ese puerto tuve que quitarme las perneras y la chaqueta, pues Blanca me llevaba con el gancho y me acaloraba.

En el Portell de Morella paramos a tomar un café y a hablar un poco con los parroquianos en el bar. Nos quedaba el puerto de Las Cabrillas (1.320 m), suave pero largo, donde nos detuvimos de nuevo a dar de comer a unos caballos que pastaban en la pradera. Era el último puerto antes de bajar a La Iglesuela del Cid, donde esperaba mi sorpresa para Blanca. Sorpresa… Sí que la tuvimos, aunque no la que yo esperaba…

Habiéndose ocultado ya el Sol tras los montes llegamos a Iglesuela del Cid, donde para festejar el fin de año yo había reservado hacía meses en el Palacio, construido en el Siglo XVIII. Era sorpresa, pues Blanca todavía no sabía qué iba a pasar en la noche de fin de año… Al preguntar por la Hospedería a un grupo de cuatro personas nos miraron con algo que parecía pena… ¡Estaba cerrado! Una de ellas era la guía de turismo del pueblo, y nos explicó que los gestores habían estado de okupas en litigios con la Junta de Aragón, y que habían cerrado de un día para otro, sin avisar a los clientes que tenían reservas, como nosotros. Se me cayó el alma a los pies. Cayendo la noche, la de fin de año, sin reserva, en un pueblecito apartado en la sierra. Yendo en coche te puedes apañar, pero nosotros estábamos vendidos. Al final con ayuda de la guía conseguimos una humildísima habitación en los altos de uno de los bares del pueblo, y nos guardaron las bicis en un garaje. Allí mismo en el bar cenamos, sumándonos al menú que ya tenían preparado. Eso sí, con los trajes de fiesta que llevábamos todo el viaje cargando en las alforjas. Tengo que agradecer a Blanca todo el ánimo que me infundió, pues os podéis imaginar mi estado de frustración completa… Pero no nos cambió las ganas de viajar en bicicleta con alforjas

Al día siguiente, pelillos a la mar. Dimos una vuelta por el pueblo, y un señor que paseaba a su perro a primera hora del uno de Enero, resultó ser el farmacéutico. La bajada a Iglesuela sin abrigarme, y el disgusto, habían hecho mella en mi salud. Pero con el doping farmacológico todo pasó rápidamente.

La siguiente y última etapa consistía en llegar a Linares. Con muy buen tiempo, como todos los días, llegamos Mosqueruela, donde tras dar una vuelta por el pueblo nos apalancamos junto a los parroquianos en una terraza solariega a tomar un tentempié. Con la tripa llena encaramos luego el último tramo hasta la bajada a Linares. A mí me costó levantar las ganas, pues se estaba de categoría allí al sol, tomando la cervecita.

Al llegar a Linares nos cambiamos de ropa, cargamos las bicis en el coche, y decidimos visitar el pueblo con calma. Así que acabamos tomando unas tapas de queso curado y embutido -Que nos supieron a gloria- en el mismo Antiguo Hospital donde dormimos el primer día. Con buen vino, claro.

Está bien lo que bien acaba. Si llegas a tu destino y no ha habido caídas, es un buen viaje en bici. Como siempre.

viajar en bicicleta con alforjas

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